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La Educación inteligente de Bernabé Tierno.


Tres enseñanzas que puse en práctica en el aula tras leer el libro

Dicen que no hemos aprendido algo hasta que no lo aplicamos,  podemos leer un libro muy interesante,  estar fascinados con él y después no hacer nada.  Lo dejaremos en el olvido y no aplicar lo que en él se hablaba.  Lo que un día nos fascinó pasa a ser algo más lejano,  qué vas olvidando poco a poco.

Hoy os quiero enseñar varios ejemplos en los que puse en práctica alguna de las enseñanzas que Bernabé Tierno nos ofrece en su libro La educación inteligente, varios ejemplos reales que alguna vez pasaron durante mis clases.  

Espero que el artículo de hoy os guste y que os animéis a llevarlo a la práctica.

 

Coherencia


Encontrar la coherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos, entre lo que decimos y las acciones que realizamos.  

Para mí es muy difícil encontrar el equilibrio entre lo que pienso lo que hago.  En el aula a veces se dan situaciones en las que tenemos que poner a prueba nuestros nervios y la frialdad.  No debemos dejarnos llevar por situaciones en las que los sentimientos se pongan por encima del pensamiento racional

Me estoy despidiendo refiriendo a realidades en las que es harto complicado decidir en consonancia con tus ideas,  porque lo que más te apetece en ese momento es dejarte llevar por la ira y por la frustración.

 

Voy a enumerar tres casos en los que las palabras de Bernabé Tierno se impusieron a la tentadora idea  de hacer lo de siempre.

Hay una frase que dice que no esperes resultados diferentes si siempre haces lo mismo. Los resultados fueron sorprendentes.

  • «Muestra tu lado humano y frágil, con sus limitaciones y defectos»

Llevaba varios días intentando hacer ver a mi alumnado, de la mejor manera posible, que su comportamiento no favorecía el trabajo en la clase.

Es decir en vez de echar la bronca dar un par de gritos y de  comenzar a castigar a todo aquél y no respetar a las normas, trataba expresar mi desacuerdo con tus actitudes de trabajo.  

Durante toda la mañana, desde las nueve transmitía con paciencia que estaban hablando demasiado,  muy alto,  y que el ambiente  no favorecía la concentración.

Por ejemplo si algún alumno hablaba más alto de la cuenta me dirigía a él y le preguntaba: ¿crees que el tono debo estar utilizando es correcto?  el alumno se daba cuenta de su error  en cuanto me dirigía a él,  pero tras varios minutos la actitud de todos seguía siendo la misma.

Mucho ruido y murmullos que me ponía nervioso,  no era la situación ideal para llevar a cabo un trabajo intelectual.

Poco a poco mi paciencia se iba acabando,  hasta que  alzando la voz más de lo deseado reprendí a toda la clase. Juzgando su actitud de una manera muy negativa, mientras que los niños y niñas me miraba boquiabiertos.

Después de un rato y ya en frío consideré que me había equivocado que no era manera corregir una actitud que no consideraba oportuna.

Al día siguiente me dispuse a hablar delante de toda la clase,  les comunique que tenía algo muy importante que decirles,  que tenía que pedirles perdón porque me había dejado llevar por los sentimientos negativos que albergaba en ese momento, que no había sido lo suficientemente inteligente para pensar en  posponer lo que tenía que decirles, para cuando estuviera más tranquilo.  

Moraleja: Quise enseñarles que soy un ser humano que se equivoca que no soy perfecto y que todos podríamos aprender del error.

 

  • Cuando el educando esté triste, preocupado o decepcionado no hay que pedirle que minimice la importancia de lo que ha ocurrido. Por el contrario debemos mostrar nuestra empatía, que hará que el alumno mire hacia adelante  y que se sobreponga de esos sentimientos.

Estaba repartiendo las calificaciones de una prueba cuando de repente todas las alarmas sonaron los niños comenzaron a avisarme de que uno de sus compañeros estaba llorando. Dirigí mi mirada hacia el niño que, cabizbajo, derramaba sus lágrimas.  

Le pregunté qué le pasaba y él me dijo que estaba decepcionado con la nota que había sacado le gustaría haber sacado algo más.

En ese momento lo primero que se me vino a la cabeza fue quitarle o restarle importancia decirle que no pasaba nada y que la próxima vez con más esfuerzo conseguiría sacar una nota mejor.

Pero en vez de eso me puse en su lugar, sentí empatía por él, recordé  alguna ocasión en la que me había sentido igual de mal al sacar una nota que no esperaba se lo conté al niño y a todos los compañeros.  

Les dije que, a veces, sentimos frustración que a mí me ha pasado y que a todos nos puede pasar.

Por lo que pedí que todos sus compañeros lo apoyaran y respetasen  sus lágrimas.

Que cuando se le pasara el disgusto pensara cuál había sido su error y cómo podría volver a hacerlo mejor la próxima vez. El niño mucho más reconfortado afrontó la situación con más calma.

Moraleja: a veces nos apresuramos e intentamos que alguien que se siente mal se olvide de lo ocurrido cuando alomejor sólo necesita de nuestra empatía para superar el momento.

 

  • Cómo actuar cuando nos encontramos ante conductas negativas: expresa de manera breve y rotunda tu enfado, transmítele que confías en él y recuerdale alguna buenas acción del pasado

A veces tenemos algún alumno al que le cuesta concentrarse, mantenerse sentado en su sitio y respetar el silencio. Este alumno puede repetir esa actitud a lo largo de los días y tendemos a mostrar nuestra falta de paciencia y cansancio ante tal situación y hablarle en un tono más elevado de la cuenta.

Eso es lo que solía hacer yo con un alumno, pero tras leer el libro La educación inteligente de Bernabé Tierno me dispuse a actuar de manera diferente, aunque era muy difícil para mí.

Normalmente la disposición que utilizo en mi clase es la del pequeño grupo organizados con 4 ó 5 alumnos cada uno,  comencé a comentarles que para gozar de los privilegios de estar en un grupo debíamos respetar las normas.

Cuando algún alumno las incumple de manera reiterada intento mantener la calma, expresarle que no está actuando bien su comportamiento y que lo voy a tener que separar del grupo.

De esa manera se reducen las broncas y las situaciones de estrés, le hice comprender al alumno que su conducta en ese momento no era la adecuada y que debía abandonar el grupo para reflexionar acerca de sus acciones.

En consecuencia el alumno se sentaba solo y pensaba al respecto lo dejaba que trabajar y pasado un rato le preguntaba cuál había sido el problema y él me respondía.

Esta situación puede alargarse una sesión o una jornada.

Moraleja: ante una situación de mal comportamiento actúa de manera sosegada y firme. Llegado el caso retira algún privilegio.

Éstas han sido tres enseñanzas que estoy poniendo en práctica en mi labor docente.

¿Haces alguna en clase? Me gustaría que escribieses algún caso similar que te ha sucedido en clase.

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